Mitos
Existen muchos mitos del viajero, algunos supongo irán apareciendo aquí explícita o implícita, consciente o inconscientemente. Pero en mi opinión hay uno que se lleva la palma cuando se trata de ocupar las horas y ensoñaciones de todo aquel que piense en viajar o ya esté viajando, me refiero al itinerario “ideal”. Por supuesto éste, es un falso mito. La organización pasa por muchas variables y de diferente tipo: el tiempo con que se cuenta, la disponibilidad y el precio de los trayectos, el clima (un factor realmente crucial), el precio de la vida en el lugar y el presupuesto del que se dispone, si es temporada alta o no (muy relacionado con lo anterior), la situación política del lugar que se visita, lo endémico que sea el paludismo en la zona y lo dispuesto que se esté a tomar anti-maláricos. Y en definitiva todo tipo de cuestiones que irán surgiendo, desde la situación de riesgo volcánico en una zona interesante o lo poco interesado que se esté a pasar por una capital peligrosa. Obviamente resulta imposible decidirse entre tantos factores y sin embargo, resulta muy difícil resignarse a no tratar de dar con el itinerario ideal.
Muy en relación con este mito está el ansia viajera. El ansia viajera es una enfermedad prácticamente inevitable (la cura también lo es a poco que se tenga un poco de lucidez a tiempo) en todo aquel que esté viendo y disfrutando de gentes, arquitecturas, paisajes, comidas, etc. El ansia viajera dice más y más todo el tiempo. No me refiero aquí al que tras regresar está pensando en irse otra vez, o aquel que fantasea con nuevos viajes inmerso en la cotidianidad de su vida (ese ansia más general tiene que ver con el veneno del que hablaré después y es síntoma de que uno se está convirtiendo en viajero). Para el ansia del viajero se trata de ver todo lo que se pueda en el menor tiempo posible (o sea verlo mal, no disfrutarlo, no verlo en definitiva). Hay que ir con cuidado, en su variante más extrema, así es como funcionan los tour operadores o aquellos, que no teniendo apenas tiempo tratan de rentabilizar el alto precio del pasaje. En realidad, (y no lo digo de forma despectiva porque yo he viajado así y viajaré en muchas ocasiones) más que de viajeros se trata de turistas. Un fenómeno relativamente reciente de ocupar el ocio y que, si bien comparte el hecho de visitar regiones remotas, poco tiene que ver con un viaje independiente.
Así empezó todo: El dulce veneno
Hace dos años me fui con mi pareja Edurne a la India.
En ocasiones planificando el viaje había sentido cierta angustia ya que todo el mundo nos decía lo duro que era un destino así, y yo sin haber salido del primer mundo me iba allí dos meses. Edurne era una experimentada viajera que conocía buena parte de América viajando de forma independiente, y aferrado a eso, a mi amor por ella, a las ganas que tenía de visitar la India, me planté en Delhi. Y la cosa no fue fácil. Delhi resultó ser una ciudad insalubre, con mucha pobreza. Además la ciudad estaba llena de estafadores hasta el punto de que en nuestro propio hotel (recomendado por routard) nos trataron de engañar. Salimos de allí bastante decepcionados en dirección al norte. Nos refugiamos en la ciudad santa de Haridwar. Pero enfermamos. Estuvimos dos días en un Ashram llevando una vida tranquila pero intranquilos por la posibilidad de haber cogido algo grave.
Después aprovechando que parecíamos mejorar reemprendimos la marcha hasta Mussorie, un pueblecito de alta montaña, en las primeras inmediaciones de los Himalayas. Sin embargo, nada más llegar al hotel, después de un largo y sinuoso viaje en autobús, a Edurne le volvió a subir la fiebre hasta cerca de los cuarenta grados. El hotel olía a excremento porque cerca de allí anudados, unos caballos esperaban a pasear por el mall a los pocos turistas que había en el pueblo en época monzónica.
Salí a cenar y a buscar algo de comida para Edurne. En realidad estaba tranquilo porque sabía que no tenía nada grave, si yo había pasado ya la convalecencia, seguramente todo no era más que una comida en mal estado. Hacía muy buena temperatura y me pareció que la noche tenía encanto. Nuestro viaje había comenzado una semana atrás y ya nos habían pasado muchas cosas, pero de alguna forma fue en ese momento cuando comprendí que estaba en la India. Había tibetanos asando mazorcas de maíz en unos barreños oxidados, parejas de indios de clase media que venían a disfrutar de la luna de miel a salvo del calor del sur del país. Nada demasiado especial, pero tuve la sensación de estar en la india, de despertar al mundo.
Y no fue la única vez, durante los dos meses pude sentir esa misma sensación en distintas ocasiones, cuando asistimos a un funeral sij en la ciudad de Pushkar, en viajes en tren de ocho, diez, catorce, veintisiete horas, de un lado a otro del país, despertándome con el grito del repartidor del té, simplemente mirando por la ventanilla. En el desierto del Thar, en los himalayas, en una terraza en Benarés escuchando el mantra hare krishna mientras me deleitaba con un sprite...
Ahí empezó todo, aunque ya antes viajando había tenido esa sensación de embriaguez, esa borrachera lúcida, pero fue en la India, donde se me inoculó el dulce veneno del viajero. Un veneno porque causa adicción, pero dulce porque nos recuerda que estamos vivos y que somos libres para hacer lo que queramos.
Por ello siempre le daré las gracias a Edurne, además de por otras tantas cosas, por llevarme a la India, por pasar aquellos dos meses a mi lado compartiendo veneno. Por entenderlo.

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