Pero antes es hora de contradecir ciertos tópicos, ahora que ya abandoné la patagonia (o al menos la patagonia propiamente dicha), decir que aunque me han repetido muchísimas veces lo de las cuatro estaciones en un sólo día, a mí no me ha parecido que la cosa haya sido para tanto. Sí, tiempo inestable pero nada de nevar y sol en cinco minutos. Y siguiendo con este tono de vinagre también negar que el frío sea insoportable. Es cierto que el otoño es una buena estación (nada que ver con el invierno ni con ese viento espantoso que al parecer hace aquí en verano) y que casi nunca me he quitado mis dos forritos, pero aparte de eso, completamente soportable, frío sí, pero he pasado bastante más en ciertas jornadas en la Alcarria. Claro que de alguna forma eso también es una patagonia.
Y también decir algo sobre Chile. Quizá no venga a cuento ahora, sería mejor haberlo hecho al entrar o cuando vaya a salir, pero no soy una persona que tienda demasiado al orden y me apetece comentarlo ahora. Chile es un país extraordinariamente peculiar por su longitud, más de cuatro mil kilómetros (eso sin contar la antartida chilena que al parecer ocupa el 62% del territorio) y tiene todo tipo de climas y parques nacionales en su extensión. Es el país más seguro de todo Sudamérica y uno donde menos se notan las diferencias sociales y para acallar ciertos rumores racistas, precisamente es uno de los países con menos emigración europea. Nada que ver en ese sentido con Argentina, y nada que ver tampoco el carácter de la gente, que aquí es mucho más reservado. Tampoco tiene nada que ver la forma en que está tratado el turismo, hay mucha menos política en ese sentido lo cual supone que en algunos aspectos se de cierta sensación de cutre, pero también al ser mucho menos intensivo mucha más sensación de autenticidad. Y bueno mi paso por Chile está muy marcado también por todo aquello que aquí vivió Edurne, sus aventuras por las torres, en Punta Arenas, en Chiloe, es una forma de recrear algo de lo que se me había hablado y que yo ahora puedo traer más allá de la mera imaginación.
Y dicho esto, esta entrada que no tiene mucho fundamento, se va a terminar con la mención de un vuelo que salió con cuatro horas de retraso, que subió y bajó por dos veces, pero que me dejó sano y salvo en tierra. En Puerto Montt (un sitio maltratado por las guías turísticas, acaso con bastante razón), en una pensión cuyo nombre no diré aquí, regentada por una mujer bastante peculiar, cuyo nombre tampoco diré. Pero en cuyo caso un sitio en el que había que quitarse las botas al entrar por unas chanclas habilitadas, un lugar cuyas habitaciones disponían de biblias (supuse que para casos de riesgo extremo; un terremoto o un acceso de insomnio) y parecían un poco ataudes pero donde pude dormir finalmente plácidamente tras un día de muchas emociones intensas.
Y al día siguiente desayuné con la dueña del hostal y su sirvienta que me parecieron más amables, (hasta el punto en que se me regaló una guía de Chile en alemán), di un paseo breve en el que vi por primera vez en mi vida el pacífico. Y sin darle más cancha a la ciudad compré un pasaje para Castro, la capital de Chiloe.
el comienzo del pacífico

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